Biografías :: Roberto Arlt|
Por Lorenna Esposito
El
"inventor" y el escritor...
Hijo de un inmigrante prusiano, Karl Arlt, y una italiana, Ekatherine Iobstraibitzer,
natural de Trieste, Roberto Godofredo Cristophersen Arlt nació en
Buenos Aires el 2 de abril de 1900 en el barrio porteño de Flores,
donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia.
La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería,
aprendiz de hojalatero y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica
de la Armada, por recordar alguna de las ocupaciones que llenaron sus días.
Arlt buscó constantemente hacerse rico persistiendo en su carrera
de inventor, con singular fracaso. Esta pasión había encontrado
un eco notable en su obra literaria.
En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría
resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse
con los círculos literarios porteños. Escribía las
crónicas policiales para el periódico Crítica
y además publica una columna diaria en El Mundo, primer tabloide
de Bs.As. Al cabo de unos meses esta columna comienza a llamarse Aguafuertes
porteñas. Desde su columna Arlt describe la vida cotidiana
de la capital. Se divertía contando de sus amistades con rufianes,
falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de sus personajes.
Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos
de la literatura argentina.
Por esa época dio a conocer su primer cuento Jehová,
con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría
desde que en 1926 publica El juguete rabioso, su primer novela, sobre
un adolescente que se inicia como delincuente y termina traicionando a los
suyos.
En un tiempo de aparente prosperidad para el país, esa obra parecía
hablar de la crisis de los proyectos modernizadores del siglo XIX, que habían
convertido a Buenos Aires en una babélica ciudad de inmigrantes,
moradores de inquilinatos y conventillos cuya única realidad era
la de las calles en que se desenvolvía su lucha por la vida.
Eran la cara oculta de una Argentina agitada por conflictos ideológicos
y de clase, amenazada por una crisis económica inminente, observada
por los militares que dominarían la escena política a partir
de 1930. La excepcional lucidez de Arlt haría de esta primera obra,
interpretable como la voz de los postergados por el sistema social vigente,
el punto de partida de la novela argentina contemporánea.
La valoración de esos aportes se vio afectado durante mucho tiempo
por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los
años veinte. Su capítulo más recordado es el de las
diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida
y Boedo.
Aunque mantuvo relaciones con los escritores adscritos al primero, Arlt
no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas,
representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos
que parecían detentar los derechos a la tradición literaria
y a la renovación.
Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus
deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran
exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia.
En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el
otro bando: con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían
un arte comprometido con los problemas del hombre, preferían el cuento
y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad
de contribuir a la transformación de la sociedad. Pero tampoco era
ése su lugar.
Las empresas colectivas no perecían interesarle. Las razones de
su acusado individualismo pueden encontrarse en sus experiencias personales,
que determinaron en alguna medida la visión negativa de la institución
familiar y de la mujer que ofrecen sus personajes, su temor a la miseria,
la fascinación ante quienes mostraran tener la fuerza necesaria para
sobrevivir solos en un medio social tan hostil.
El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese material
autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos
Aires hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete
locos (Premio Municipal de Novela1929) y Los lanzallamas (1931)
ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico
que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina
e incluso sobre la condición humana.
Los apodos simbólicos de algunos miembros de una sociedad secreta,
financiada mediante la explotación de los prostíbulos y destinada
a provocar una conflagración universal, son el indicio más
evidente de la condición expresionista de esos relatos.
La voz burlona o cínica del narrador se encarga de parodiar ese drama
hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien conoce
la falsedad de los valores, la inutilidad de los esfuerzos, lo insensato
de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible del
fin. De paso, es posible percibir las consecuencias de una modernidad tecnológica
tan fascinante como amenazadora, de unas prácticas revolucionarias
tan esperanzadoras como grotescas.
En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada, Arlt
insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados
por la felicidad y a los que la fantasía permite evadirse de una
existencia gris.
La faceta realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el
volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características
de las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una
proclividad hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente.
Aparentemente ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría
en esa dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición
que en el Río de la Plata contaba ya con notables manifestaciones
de ese signo. Arlt insistió en ella tras visitar España y
Marruecos, enviado por El Mundo, de donde salen sus Aguafuertes
Españolas, en los últimos meses de 1935 y los primeros
de 1936. Antes y después también fue enviado a Uruguay y Brasil.
Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió en El
criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África
negra y algunos escenarios asiáticos de cultura islámica,
las referencias geográficas remitían sobre todo a Marruecos,
con preferencia por Tánger, cuyo estatuto internacional favorecía
la actividad de los Servicios Secretos de distintas potencias, y por los
territorios entonces sometidos al control de España. Allí
fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y repulsivo,
conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido
determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados,
generosos y crueles. Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes
daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba
corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar
a los narradores.
Los relatos de El criador de gorilas alejaban a Arlt del ámbito
de Buenos Aires, y parecían también ajenos a las preocupaciones
metafísicas que antes eran ingrediente fundamental en las complicadas
psicologías de sus personajes.
Con ese nuevo espíritu guarda relación Un viaje terrible,
una "nouvelle" derivada de la estancia del escritor en Chile,
en 1940 (también enviado por El Mundo) y publicada cuando regresó
a Argentina en 1941.
El relato reitera intereses manifiestos en la vida y en la literatura de
Arlt. Ya en 1920, en su breve ensayo "Las ciencias ocultas en la ciudad
de Buenos Aires", había mostrado esa mezcla de fascinación
y sarcasmo con que se refería ahora a las artes adivinatorias o a
la carta astral que parecían determinar los destinos de sus estrafalarios
personajes.
Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba
por indagar en territorios de imaginación que a veces parecían
rondar la literatura fantástica. Curiosamente, estos relatos que
completan su obra narrativa recuerdan sus principios: responden a los gustos
declarados en El juguete rabioso por Silvio Astier (el protagonista),
cuando a la edad de catorce años se abandonaba a los deleites de
la literatura bandoleresca y anhelaba inmortalizarse como un delincuente
de alta escuela.
El Teatro
Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como una búsqueda
de salida o de sublimación personal por medio de los sueños
o la literatura, o eso es lo que indica su producción teatral, también
relevante.
Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el Teatro
del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado,
esa producción teatral se inicia con 300 millones, obra representada
en julio de ese mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta.
Arlt abordaba allí el análisis de las razones que llevan
a una muchacha a suicidarse, y para ello recurría a la concreción
teatral de las fantasías que la habían ayudado a sobrevivir
por algún tiempo: en escena aparecen Rocambole, la Reina Bizantina,
el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno
a cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista
que sus narraciones alguna vez habían conseguido.
Por otra parte, esa corporización de los sueños permitía
entrever la capacidad de las ficciones para subsistir por sí mismas.
Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas,
piezas estrenadas en 1936, le permitirían mostrar con precisión
las relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria.
Si 300 millones hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando las frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio vida a los que atormentaban a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la imaginación y de los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de revelar las dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego entre la imaginación y la realidad convertía al autor y a sus personajes en una sucesión de máscaras sin identidad precisa.
En esa idea insistiría Saverio el cruel, apelando
al recurso pirandelliano del teatro dentro del teatro para conjugar una
broma canallesca con la reflexión sobre la farsa de las relaciones
y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del poder,
hasta dar al conjunto una dimensión trágica.
Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África
en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. A esas obras hay
que sumar Prueba de amor, "boceto teatral irrepresentable
ante personas honestas" que se editó en 1932, las "burlerías"
La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible
publicadas en 1934, y El desierto entra en la ciudad, una
farsa dramática que Arlt concluyó poco antes de morir.
De esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en
la vanguardia teatral argentina, merece especial atención África,
cuyos cinco actos van precedidos de un exordio en el que Baba el
Ciego, un "jefe de conversación", declara su
intención de narrar las historias que luego conforman la obra.
África se propone así como una ficción dramática
que a su vez genera otras, y afirma su relación con la práctica
oral del relato que Arlt había observado en el norte de África
y que también inspiró los cuentos de El criador
de gorilas.
Roberto Arlt muere sorpresivamente el 26 de julio de 1942
como consecuencia de un paro cardíaco. Al día siguiente
se publica su última nota para El Mundo : El
Paisaje de las Nubes.
Su obra alcanza a mostrar como pocas la oscuridad del ser humano,
describiendo intensamente bajezas y grandezas en escenarios indolentes.
Esto le costó el desprecio de sus colegas coetáneos,
y recién ganó el merecido reconocimiento después
de su muerte.





