Biografías :: Sarah Kane|

Por Juan Tocci

¿Quién es Sarah Kane? Si comenzamos por algún dato biográfico podemos decir que nació, bajo el signo de acuario, un 3 de febrero de 1971 en la ciudad de Essex (Inglaterra), y que rápidamente vivió 28 intensos años y que se suicidó en el año 1999; se mató porfiadamente: después de haber ingerido una dosis considerable de barbitúricos los paramédicos la rescatan de una muerte segura; llegada a su casa insiste y se ahorca, para fallecer y cerrar para siempre una fuente de creación insondable.
Rápidamente fue conocida en la escena londinense, ya que con apenas 23 años de edad estrena Desvastados (1995) a la que le siguen El amor de Fedra (1996), Purificados (1998), Ansia (Cave) (1998) y 4:48 Psicosis (1998). Previamente había escrito, sin tanta repercusión, hacia el año 1991 tres monólogos para el Festival de Edimburgo: Monólogo Cómico, Hambriento y Lo que ella dijo.

Trabajó como actriz y como directora de escena realizó puestas con obras de Shakespeare, Antón Chejov, Caryl Churchill, Clare McIntyre, Joan Littlewood y Georg Büchner, casi todas en el circuito universitario. En cuanto al cine realizó el guión de un corto de 11 minutos de duración, para el canal inglés Channel 4 cuyo título es Piel (1997).

Por su temática se la ubica junto a Mark Ravenhill y Anthony Neilson y los denominan movimiento In Yer Face (alteración de la expresión In your face, en tu cara) una reunión de dramaturgos que recuerdan en la intencionalidad a los "Angry young men" de los años '50. Crudeza, rebeldía y todas las ganas de gritar la verdad en la cara de quien sea.
Sarah Kane es injustamente desconocida en el Uruguay. En este hecho podemos detectar cómo funcionan los mecanismos de la comunicación en la aldea global. Los resultados de un evento deportivo los recibimos en tiempo real, en películas de grandes producciones las gozamos con la gloria de estrenos simultáneos mundiales y por fin, (aunque la lista sigue y fatiga), miles y miles de comedias híbridas y teatro de un humor agobiante, generadas en los países metropolitanos, las tenemos siempre en cartelera, aunque los derechos de autor cuesten una fortuna. Pero una autora como Sarah Kane no vende, no es negocio, por eso es desterrada. Y nos condenan a no escucharla.

Y no escucharla es ahogar nuestra propia voz.

Con la lectura de los textos de esta autora inglesa, asistimos a un fenómeno que está ocurriendo en el teatro desde hace un tiempo: la desaparición paulatina del texto dramático tradicional para dejar lugar a escritos literarios que emanan teatralidad por sí solos, sin necesidad de acotaciones, marcaciones espaciales, personajes y diálogos. Sus últimos libros tienen la apariencia de extensos poemas libres. Los personajes han sido cambiados por voces sin género, no dialogan, hablan en un eterno fluir de la conciencia.
Kane se repliega sobre sí misma para descubrir la verdad; esa suerte de iluminación que nace de la desesperanza y de la angustia. Su teatro molesta, exaspera, en todo caso inquieta; a través de él quedan en descubierto ciertos abismos inexplicables que todos tapamos con los trapos sucios cotidianos. La muerte en nuestra autora es la salida para una sensibilidad destrozada por una sociedad bestial. Kane se instala en la línea de Beckett y Pinter (autores a los que admiraba profundamente) para exponer crudamente el grado de salvajismo de nuestra civilización. Teatro místico: teatro del misterio.

4:48 Psicosis

Es la obra que Sarah Kane eligió para despedirse, fue la última antes de quitarse la vida. Su título evoca un doble significado, por un lado, la hora de la madrugada en la que se han suicidado más personas, y por otro, la hora también que los pacientes psicóticos alcanzan su mayor grado de lucidez, al ir disminuyendo el efecto de los barbitúricos.
Es precisamente desde esa lucidez que se traza esta anatomía de la depresión. Sarah escribe bajo sus efectos que no entorpecen su razón, sino que por el contrario iluminan su mente y abren su corazón, para enfrentar la única posibilidad de redención: la muerte. Cuando el arte se liga indisolublemente a la vida se confunden gesto y obra, la conducta del artista es su obra. El suicidio ocurre como la extrema obra de arte.

La voz central que preside el discurso se desgrana en un monólogo del yo más profundo, elige un lenguaje con densidad propio de la poesía. Un lenguaje que resiste el primer nivel de análisis para instalarnos en el plano de múltiples sentidos. Las frases se articulan en un extraño ritmo, marcado con pausas y silencios, para contarnos una historia trágica e inevitable. La página escrita adquiere un valor concreto por el uso de diferentes marcas gráficas y el plano intertextual que arrancó ya desde su título, uniendo una hora a un estado mental, no deja de aparecer: diálogos, canciones, recetas médicas y hasta cuentas y números se van enhebrando para configurar una unidad inquebrantable.
Se podría decir que es casi un diario de los últimos momentos de alguien que está decido a quitarse la vida para liberarse, por eso articula este grito final en la obra: ¡por favor abran las cortinas!
¿Qué nos grita, entonces?
Que abramos los ojos, que corran el telón del teatro para iniciar nuestra extraña ceremonia, o es, quizás, su último intento desesperado por ver la luz.

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Juan Tocci